Envíos: LAS TRES PLUMAS. Cuento de Ana Mª Schlüter
Enviado el Jueves, 18 de Septiembre del 2003 por gregor
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Había una vez un rey que envió a sus tres hijos al mundo. El que volviera con el hilo de lino más fino, después de su muerte heredaría el reino.
Así empieza uno de los cuentos que tienen por protagonista a un “ingenuo”. Como ocurre tantas veces, al comienzo del cuento se habla de lo que el ser humano es por naturaleza y en esencia: algo muy noble y libre, un rey. Éste es el padre de tres hijos, es decir, la naturaleza esencial es la fuente, la raíz de tres potencias que nacen de ella, la inteligencia, la voluntad y una tercera, mucho menos deslumbradora, un “no-saber sabiendo”, representada en el cuento por el hijo considerado ingenuo.
Estos hijos, la inteligencia, la voluntad y el “no-saber”, han de salir al mundo, han de manifestarse actuando. Se trata de ver cuál de ellos es capaz de traer el hilo de lino más fino, en otras palabras, cuál de ellos va a conseguir dar con la verdadera vida, pues el hilo de lino, blanco, significa vida esencial, pura.
Quien lo consiga heredará el reino, ese reino de Dios que está dentro del ser humano, en su más profundo centro.
Para que los príncipes supieran hacia dónde dirigirse, sigue contando el cuento, el rey se colocó delante de su palacio y sopló las tres plumas al aire. Su vuelo debía marcarles la dirección a emprender.
La primera pluma voló hacia Occidente, y la siguió el hijo mayor. La segunda, a Oriente, y la siguió el segundo. La tercera, sin embargo, cayó allí mismo en una piedra, cerca del palacio. De modo que el tercer príncipe, el ingenuo, tuvo que quedarse, mientras que los otros marchaban riéndose y diciendo en tono burlón: anda, busca el hilo de lino allí junto a la piedra.
La inteligencia y la voluntad buscan afuera. Hay quienes persiguiendo lo esencial tratan de encontrarlo en libros de filosofía en Occidente o mediante disciplinas ascéticas en Oriente. Y aunque lo uno y lo otro tiene indudablemente su valor a los ojos de los entendidos, hay un camino insospechado que va más allá o más adentro:
El ingenuo se sentó en la piedra y se puso a llorar. Al moverse de un lado para otro, la piedra se desplazó, y apareció debajo de ella una placa de mármol con un anillo.
Allí mismo, sin ir a ninguna parte estaba la promesa de la libertad, simbolizada por el anillo. En la antigua Roma sólo podían llevar anillo los ciudadanos libres, pero nunca un esclavo.
El ingenuo levantó la placa de mármol y vio una escalera que conducía bajo tierra. Al descender por ella llegó a una cueva subterránea abovedada, en la que estaba una niña hilando lino. Ella le preguntó por qué tenía los ojos tan llorosos y entonces él le contó su pena, que debía buscar el hilo de lino más fino y, sin embargo, no podía ir a por él. La niña entonces le entregó el huso de hilo que había estado hilando, que era el hilo de lino más fino, y le dijo que se lo entregara a su padre. Cuando salió de nuevo a la tierra, había transcurrido mucho tiempo. Sus hermanos ya habían vuelto y estaban seguros de haber traído el hilo de lino más fino. Pero cuando cada uno enseñó lo que había conseguido, resultó que el del ingenuo aún los superaba.
Hay un camino que no discurre fuera, que es un camino de interiorización, de abismamiento. Se trata de sentarse en silencio, muchas veces con la sensación de que no pasa nada y de que se está perdiendo el tiempo, como llorando. Pero sin saber cómo, se va descendiendo al hondón del alma, que es el lugar de donde surge la verdadera vida. Quien la encuentra sabe por propia experiencia que no tiene punto de comparación con lo que se puede sacar de libros ni de métodos, aunque pueden servir de orientación y pista, de apoyo. Lo esencial mismo, sin embargo, ya no es nada de todo esto. A quien no lo conoce por experiencia, le resulta muy difícil de aceptar, como se refleja a continuación en el cuento.
El reino habría sido del ingenuo, pero los dos hermanos mayores no estuvieron conformes y exigieron del rey que pusiera otra condición. Entonces el rey les pidió que trajeran la alfombra más bonita. De nuevo cogió tres plumas y las sopló al aire. La tercera volvió a caer en la piedra, por lo que el ingenuo no pudo salir a buscar, mientras que los otros se dirigieron a Oriente y Occidente respectivamente.
El joven levantó la piedra y volvió a descender. Esta vez encontró a la niña ocupada en tejer una alfombra maravillosa de colores extraordinariamente vivos. Cuando hubo terminado, dijo: “Esta hecha para ti, súbela, nadie en el mundo va a tener una alfombra igual.
Él se presentó ante su padre y de nuevo superaba a sus hermanos, que habían traído las alfombras más bonitas de todos los países del mundo.
Si en el primer caso, el camino de abismamiento había llevado a conectar con la verdadera vida y a empezar a vivir desde allí, ahora, en el segundo caso, lleva a actuar desde allí. Surge una hacer no haciendo, que los chinos llaman wu-wei. Es el verdadero hacer. El apóstol Pablo escribe en una de sus cartas: “Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí”, y podría decir ahora: “Ya no obro yo, es Cristo quien obra en mí.”
Pero el orgullo de los hermanos mayores, la arrogancia del entendimiento y la prepotencia de la voluntad, no son capaces de rendirse ante la evidencia y todavía exigen una tercera prueba.
Consiguieron convencer al rey para que estableciera una nueva condición para heredar el reino, la cual consistió en traer a casa la mujer más bella. De nuevo el rey sopló las tres plumas al aire, y de nuevo la del ingenuo se quedó en la piedra. Entonces él descendió y se quejó a la niña de la prueba tan difícil que su padre le había impuesto. La niña, sin embargo, dijo que ya le ayudaría y que él simplemente siguiera por el pasillo abovedado, que allí encontraría la joven más bella del mundo.
El ingenuo así lo hizo y llegó a una estancia en que todo resplandecía del oro y de las piedras preciosas que allí había, pero en el centro, en lugar de una bella mujer, estaba sentada una rana repugnante. La rana le decía: “¡Abrázame y sumérgete!”. Pero él no quiso. Entonces la rana lo llamó por segunda y tercera vez: “¡Abrázame y sumérgete!”. Por fin el ingenuo cogió la rana, la subió a un estanque y saltó con ella adentro. Apenas el agua los hubo rozado se encontró con que sostenía entre sus brazos a la joven más bella del mundo. Salieron del agua y la condujo a su padre. Resultó ser mil veces más bella que las mujeres que los otros príncipes habían traído.
Se trata de la tercera etapa en el camino. No sólo echar raíces en la fuente de la verdadera vida, no sólo actuar de una manera nueva desde ahí, sino llegar a ser enteramente quien en el fondo se es desde siempre. Esto implica una transformación de toda la persona. Para que se pueda dar hace falta “abrazar” a la propia sombra, es decir, hace falta una purificación profunda en que salen a la luz todas las debilidades, que de esta forma se van curando. Quien las ignora o reprime, no queriéndolas admitir, hace como el joven del cuento que primero se resiste a abrazar la rana, hasta que por fin, a la tercera, es decir, cuando la resistencia se ha colmado, se decide a hacerla caso.
Sumergirse en el agua de la vida abrazándose a la rana es una imagen muy elocuente de una ley de vida: para vivir hay que morir. Hay que descender a las aguas del bautismo para resucitar a una vida nueva.
Todo este cuento es un continuo bajar para subir.
Entonces una vez más el reino habría sido para el ingenuo, pero los dos hermanos armaron un gran escándalo y exigieron que tuviera preferencia aquel cuya mujer fuera capaz de saltar hasta un aro colgado del techo en el centro de la sala. Por fin el rey aún accedió a esta demanda.
La mujer del mayor apenas llegó a media altura, la mujer del segundo saltó algo más alto, mientras que la mujer del tercero saltó hasta adentro del aro. Entonces, por fin, tuvieron que consentir que el ingenuo heredara el reino después de la muerte de su padre. Cuando éste murió, el hermano al que llamaban ingenuo se convirtió en rey y gobernó mucho tiempo con gran sabiduría.
La protesta y la burla del entendimiento y de la voluntad persisten a pesar de haber visto ya tres veces que hay otro camino que lleva más allá. Pero al final se rinden a la evidencia. La gran libertad, el salto por el anillo o aro, se consigue por el camino de la transformación interior y no a través de recursos externos. En esto consiste el reino de los cielos que está dentro y no hay que buscarlo fuera, y que implica una gran libertad.
Ana Mª Schlüter Rodés
Tomado de la revista “Pasos” num. 82
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Si a la Soterraña vas,
Ve que la Virgen te espera,
Que por esta su escalera
Quien más baja sube más.
Pon de silencio el compás
A lo que vayas pensando.
Baja y subirás volando
Al cielo de tu consuelo
Que para subir al cielo
Se sube siempre bajando.
(Iglesia de San Vicente, Ávila)
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