Durante treinta
años he caminado
a la búsqueda
de Dios,
y cuando, al final
de este tiempo, he abierto los ojos,
he descubierto
que era él el que me buscaba
(místico
árabe + 875).
«Ea, hombrecillo,
deja un momento tus ocupaciones habituales; entra un instante dentro de
ti mismo, lejos del tumulto de tus pensamientos. Arroja fuera de ti las
preocupaciones agobiantes; aparta de ti tus inquietudes trabajosas. Dedícate
algún rato a Dios y descansa siquiera un momento en su presencia.
Entra en el aposento de tu alma; excluye todo, excepto a Dios y lo que
pueda ayudarte para buscarle; y así, cerradas todas las puertas,
ve tras él. Di a Dios: Busco tu rostro, Señor, anhelo ver
tu rostro».
San Buenaventura
«Siéntate
solo y en silencio. Inclina la cabeza, cierra los ojos,
respira dulcemente
e imagínate que estás mirando a tu
corazón. Dirige
al corazón todos los pensamientos de tu alma.
Respira y di: Jesús
mío, ten misericordia de mí. Dilo moviendo
dulcemente los labios
y dilo en el fondo de tu alma. Procura
alejar todo otro pensamiento.
Permanece tranquilo, ten
paciencia y repítelo
con la mayor frecuencia que te sea posible.
Es necesario acostumbrarse
a invocar el nombre de Dios más
que a respirar, en
todo lugar, en todo tiempo, en todas las
necesidades. El apóstol
dice: Orad incesantemente. Con esto
nos enseña
a acordarnos de Dios constantemente en toda
acción o gesto»
«Enséñame,
oh Dios, ese lenguaje silencioso que lo dice todo.
Enseña a mi
alma a permanecer en silencio en tu presencia.
Que pueda adorarte
en las profundidades de mi ser y esperar
todas las cosas de
Ti, sin pedirte nada más que la ejecución de
Tu voluntad. Enséñame
a permanecer callado bajo Tu acción y
producir en mi alma
esa profunda y sencilla oración que nada
dice y lo expresa
todo. Ora Tú en mí para que mi oración tienda
siempre a Tu gloria
y que mis deseos estén siempre fijos en Ti».
«Condúceme,
luz discreta, a través de las tinieblas que me
rodean. Condúceme
siempre más adelante. Guarda mis pasos.
Yo no pido ver ya
lo que se debe ver allá abajo. Un solo paso
cada vez es bastante
para mí. Yo no he sido siempre así, ni he
orado siempre para
que tú me condujeses siempre más
adelante. Me gustaba
escoger y ver mi camino. Pero ahora,
¡condúceme,
tú, siempre más adelante! ¡Tu poder me ha
bendecido tanto! Ciertamente
él sabrá aún conducirme siempre
más adelante.
Guiarme por landas y terrenos pantanosos,
sobre rocas abruptas,
y bajo la riada del torrente, hasta que la
noche haya desaparecido…
Condúceme, luz discreta,
¡condúceme
siempre más adelante!»